La conciencia

La conciencia se suele definir como el conocimiento que una persona tiene de sí mismo y de su entorno, y su relación con juicios y comportamientos de orden ético o moral, considerando creencias, valores y metas a corto y largo plazo. Se habla de consciencia, con s, como la capacidad del ser humano para percibir la realidad, en la medida en que pueda llegar a captarla y reconocerse en ella, y de conciencia, sin s, como la apreciación de lo que está bien y lo que está mal, en base al conocimiento de sí mismo y su capacidad para actuar sobre su entorno. Otras acepciones de conciencia la tratan como la capacidad de una persona para observar y reflexionar sobre su propia vida interior. Aquí vamos a tratar a la conciencia como un estado, enfocado en el momento presente, de forma tanto objetiva como subjetiva, una percepción evidente, interna y externa, una experiencia vital, orientada a encontrar el verdadero sentido de la vida.

La conciencia implica la facultad de captar la relación que existe entre la personalidad, apoyada por las fuentes objetivas de conocimiento que aportan sus cuerpos: físico, emocional y mental, y lo que anima y da vida a esa objetividad: el verdadero Yo, el alma. La conciencia concierne a la relación entre Yo y el no-yo, el Conocedor y lo conocido, el Pensador y lo pensado, lo que implica también la aceptación de la idea de la dualidad, de lo objetivo y de lo que está detrás de la objetividad.

Conciencia y vida son dos términos interrelacionados para el mismo concepto. No hay vida sin conciencia: no hay conciencia sin vida. Al introducir el pensamiento y analizar la distinción, habremos llamado vida a la conciencia dirigida hacia el interior y conciencia a la vida dirigida hacia el exterior. Si nos centramos en la unidad lo llamamos vida y si lo hacemos en lo múltiple y diverso, será conciencia. La Unidad, lo espiritual, se diversifica en la Variedad, la esencia de la materia en la que se refleja. Conciencia no es solo la abstracción de la vida, es algo vibrante, pleno de presencia, con mayor o menor conocimiento de lo que la rodea, dependiente del grado de percepción que permita el velo que la envuelve y la separa de los demás seres vivos. Si ese velo desaparece la conciencia es el Todo, donde se resuelve la larga lucha de los opuestos.

La conciencia es la respuesta a todos los misterios; una presencia invisible, con un impacto indescriptible de absoluta realidad; una energía que trasciende el espacio-tiempo, el vacío, hacia la plenitud del eterno ahora; una ventana abierta a la intuición pura el alma y al inabarcable mundo del espíritu en continua expansión.

Las posibilidades de la conciencia son infinitas. Los seres humanos somos capaces de elevados grados de conciencia, pero solo llegamos a intuir una porción del universo que se abre ante nosotros del que casi nada conocemos y cuya inmensidad no es imposible de captar. Hoy por hoy, la mayor parte de la humanidad es plenamente consciente en el plano físico, semiconsciente en el emocional y apenas comienza a desarrollar la conciencia en el plano mental. Queda muy lejos una conciencia planetaria, o del sistema solar, y mucho más lejos una conciencia cósmica.

El desenvolvimiento de la conciencia en los seres en evolución es de una gran complejidad, aunque tenga lugar en un pequeño planeta, de un discreto sistema solar, de una enorme galaxia; un simple grano de arena entre millones de galaxias. Aspirar al dominio de una pequeña parte de esa complejidad es ya un gran desafío. El proceso de comprender e interpretar lo que percibimos depende del nivel de conciencia alcanzado. Toda interpretación depende del punto de vista del intérprete y del nivel en el cual actúa su conciencia. Cada uno interpreta lo que percibe en función del grado de conciencia que puede desarrollar. Toda comprensión depende del nivel de conciencia, y según ese nivel se podrá llegar a una mayor o menor profundidad en lo comprendido. El proceso de comprensión recorre una larga espiral y llegará cada vez más lejos, a medida que crezca la conciencia. Incluso al leer estas palabras, lo que se extraiga de ellas, estará directamente relacionado con el estado de conciencia del lector. Sin embargo, la conciencia humana ha hecho grandes progresos en los últimos tiempos. Bajo la tensión de las actuales condiciones sociales y ambientales, a pesar de las apariencias de caos y del extraño punto al que ha llegado la evolución humana, tan saturado de contradicciones, es evidente el avance de la conciencia si lo comparamos con épocas anteriores. La conciencia se abre camino, a veces en medio de la confusión, y poco a poco despierta de su letargo. Prueba de ello es el interés creciente en enfocarse en cosas importantes, como en un mundo en paz basado en la justicia y la libertad, cualidades que revelan que determinados estados de conciencia social están siendo alcanzados por una parte significativa de la humanidad. Y además nos queda presentir, intuir, una fracción de algún todo maravilloso, por ahora más allá del alcance de nuestra conciencia, que nos asegura un desarrollo sin límites ni finales.

 

La conciencia depende de su vehículo de expresión y ambos, para existir, dependen de la vida y la energía. Es una antigua verdad que permanece inmutable. El tipo de respuesta consciente y la actividad resultante, depende de la cualidad del vehículo receptor de cualquier tipo de energía. La percepción de una característica, de una cualidad, y de una forma objetiva, depende de que el perceptor posea características, cualidades y capacidades objetivas similares. La conciencia depende de los vehículos de la misma y del grado de desarrollo y capacidad del individuo para identificarse con las energías e impulsos que le llegan, no dependiendo únicamente de lo ya reconocido como parte o aspecto de sí mismo.

La conciencia es un atributo del alma; mente y cerebro son conductos, vehículos para su manifestación. La interacción de la energía y del vehículo, despierta algún tipo de conciencia. Conciencia es una forma de energía, y la vida es la energía misma. Por eso de acuerdo a la naturaleza de los vehículos, de la forma, así será el grado de conciencia al que se puede acceder, que además está en continuo movimiento y desarrollo.

En la mayoría de la gente, las nueve décimas partes de nuestra actividad emocional y mental son subconscientes. En mayor o menor grado, nuestra mente consciente está fragmentada en el subconsciente; es en parte consciente y en parte subconsciente. Ante una perturbación, una crisis, en los vehículos emocional o mental, la capacidad de crecimiento de la conciencia se bloquea, y esta inhibición desvirtúa también la claridad de la percepción ya conseguida. El cuerpo astral o emocional es un conglomerado de fuerzas que penetran en la conciencia en forma de deseos, impulsos, anhelos, caprichos, determinaciones, incentivos y proyecciones. La emoción no es más que la expresión de cualquier deseo, consciente o inconsciente. Cada pensamiento, generalmente con mayor o menor carga emocional, se proyecta en palabras que son una manifestación de algún grado de conciencia y producen su efecto. A ello se suele unir la actitud de dualidad y separación, que anula la comprensión y el conocimiento de aquello que se encuentra fuera de la conciencia separada, porque conocimiento separatista supone identificación con aquello que se está expresando por medio de una forma.

Con el paso del tiempo y de la evolución, algunas actividades de la conciencia se han convertido en automáticas y han descendido por debajo del umbral de lo consciente. La conciencia las abarca, pero están tan integradas que no necesitan permanecer en el campo de percepción. Las funciones que mantienen la vida del cuerpo, como la circulación de la sangre, digestión de los alimentos, etc., han descendido a un nivel en el que la conciencia no enfoca su atención; lo mismo ocurre con otras muchas importantes actividades del sistema nervioso y cerebral.

El cuerpo mental es la vestidura de la conciencia, y alcanza su esplendor con su uso en sus aspectos superiores, con el esfuerzo para pensar en forma abstracta, trascendido la mente concreta y pensando, o más bien siendo consciente, en términos de vida y no de forma, del ser y no de lo que arraiga el ser en el plano físico. La conciencia está por encima de sus vehículos de expresión, que solo son su medio de manifestación en el plano físico objetivo. La conciencia sigue siendo la misma en encarnación física o fuera de ella, donde el desarrollo puede llevarse a cabo con mayor facilidad que cuando está limitado y condicionado por la conciencia cerebral. También en los sueños la conciencia sigue activa, deambulando a menudo por el plano astral y en determinados momentos de periodo onírico, estableciendo contacto directo con el alma. No se recuerda por no haberse aún establecido un canal de continuidad de la atención entre la vigilia y el sueño.

 

La unión de espíritu y materia se manifiesta como conciencia, constituye el alma de todas las cosas; compenetra toda sustancia o energía objetiva; subyace en todas las formas. Es la Vida Una manifestándose a través de la materia la que produce un tercer factor que es la conciencia, que puede considerarse como el punto medio de unión entre materia y espíritu. Conciencia es una forma de energía, y la vida es la energía misma. El método de la evolución consiste en ajustar el aspecto materia al aspecto espíritu, a fin de que el primero sea adecuado como cuerpo de expresión del segundo. Todas las formas manifestadas son formas de energía de las cuales la forma humana no es una excepción. El ser humano es una vida encarnada que expresa cualidad y registra esa cualidad en la conciencia, o bien responde sensiblemente a la interacción que se produce durante el proceso evolutivo entre el espíritu y la materia.

En el universo fenoménico, el espíritu está siempre condicionado por la materia y no existe ni la más mínima partícula de materia que no esté animada por el espíritu. En el mundo fenoménico todas las formas son conscientes y toda consciencia tiene forma. En realidad, no existe nada concreto, sólo existen distintas clases de fuerza y el efecto producido en la conciencia mediante su interacción. La perfección es el resultado de la elevación de la conciencia hasta un punto en el que ya no estamos sometidos a la atracción de la materia.

La conciencia y la materia se influyen recíprocamente. porque son los dos constituyentes de un todo que aparecen cuando se desdoblan sin dejar de relacionarse y desaparecen al unirse. No existe la conciencia unitaria, por si sola, pues requiere la dualidad con su otro polo material en constante relación recíproca. Se suele concebir la conciencia como un algo separado actuando sobre otro algo también separado llamado materia; pero no hay tal separación, sino desdoblamiento de dos aspectos inseparables. Se influyen recíprocamente porque son inseparables partes de una unidad que se manifiestan como dualidad en el espacio y el tiempo. El desajuste aparece cuando pensamos en espíritu absolutamente inmaterial y en el cuerpo absolutamente material, pues ni uno ni otro existen aislados. No hay espíritu sin materia que lo envuelva ni materia que no esté animada por el espíritu. En su manifestación en espacio y tiempo, el ser más elevado tiene su película material, y aunque le llamemos “espíritu” por el predominio en él del aspecto conciencia, no por ello deja de tener su vibrante envoltura de materia de la que emana todo impulso capaz de afectar a envolturas sucesivamente más densas. Al decir esto no materializamos la conciencia, sino tan sólo reconocemos que los dos opuestos primarios, conciencia y materia, están íntimamente unidos y jamás separados ni aún en el ser más evolucionado.

 

La conciencia es un atributo del alma, con la mente y cerebro como conductos para su manifestación, sin separación en sus lazos de interconexión. Conciencia, mente y cerebro son algo separado, aunque conectados entre sí. El origen de la conciencia radica en el alma, que encuentra difícil manifestar la conciencia en tiempo y espacio, en el mecanismo físico, emocional y mental de la personalidad humana. La inercia de la materia que constituye los cuerpos de estos tres vehículos, tiende a inhibir la expresión de la conciencia del alma a este nivel. El objetivo de la evolución en el plano físico ha sido el de desarrollar un cuerpo lo bastante sensible como para permitir que el alma se manifieste. El alma es un centro de conciencia y los cuerpos son centros de experiencia.

La conciencia del alma es impersonal, inclusiva y sintética: ilumina. La conciencia cerebral tiende a ser personal, exclusiva y analítica: separa. La conciencia cerebral es necesaria para organizar la existencia del plano físico. La conciencia del alma revela el propósito y el significado que hay detrás de esa experiencia, porque toda vida, en términos de conciencia, es revelación

El desarrollo espiritual, encaja y se aplica, con el avance de la conciencia desde un nivel inferior a otro superior de contacto, sin importar la densidad del punto inferior del que se parte. Se relaciona con aptitudes y relaciones que facilitan expandir la conciencia, regulando y dominando el deseo incontrolado y la mente desordenada que obstruyen la luz del alma y rechazan la conciencia espiritual.

En todo momento deberíamos ser conscientes de donde se sitúa habitualmente la conciencia. Bastaría con plantear de forma sincera y reflexiva una serie de preguntas dirigidas a que las responda el corazón, con una mente limpia y aquietada. ¿En qué nivel del ser o de comprensión actúo?. ¿Me identifico con la forma o con el alma?. ¿Qué sendero sigo, el superior del alma o el inferior de la materia?. ¿Me encuentro en un período de transición, donde mi compresión se está transfiriendo de la conciencia inferior a la superior?. Aunque esté en el cuerpo, ¿es éste meramente un instrumento y estoy despierto en otro plano de percepción?. La conciencia ha de convertirse en autoconciencia en el plano físico. Al principio los contactos con el mundo externo y los cambios sobrevenidos se consideran como propios. Con la experiencia se aprenderá a no mirar como propio lo que afecta a la superficie externa, a desapegarse del placer y dolor del contacto. Así se distinguirá progresivamente entre la personalidad: el No-Yo, y el alma: el Yo. Según crezca la experiencia, el Yo se afianzará en el interior y rechazará hacia el exterior un velo tras otro de materia correspondiente al No-Yo; la luz irá iluminando la materia, liberando la conciencia largo tiempo atrapada en los vehículos.

La conciencia humana es una unidad, si bien varía en sus manifestaciones, resultantes del mayor o menor predominio de uno u otro de sus aspectos y de la relativa densidad de la materia en que actúa dicho aspecto. Toda conciencia se desenvuelve en los límites de su propio universo, en las áreas mayores o menores en las que es capaz de manifestarse. El ser humano es el microcosmos de un universo plagado de inmensidad y conciencias inimaginables que escapan a nuestra comprensión; el cuerpo humano sirve también de campo de evolución a muchas conciencias menos desarrolladas que la suya.

 

Conciencia es la única realidad, en el sentido más amplio de ese término; de esto se desprende que la realidad que se encuentra en cualquier parte de la existencia es extraída de la conciencia, que abarca lo que se percibe y manifiesta, y potencialmente todo lo que podría llegar a percibir. La conciencia de todas las cosas existentes en el tiempo y en el espacio es la conciencia absoluta o universal. La conciencia contraída a determinado tiempo, corto o largo, y a determinado espacio, dilatado o reducido, es la conciencia individual de un ser concreto, que domina uno o varios universos o una porción de un universo según sea el poder de su conciencia. Así. la porción del pensamiento universal que una conciencia separada pueda asimilar completamente y en la que pueda infundir su propia realidad, y la reconozca existente en sí mismo, será su universo, aunque sea un universo paralelo.

El campo que abarca progresivamente la conciencia es una forma de luz, porque arroja luz a las zonas de percepción de las cuales ha sido inconsciente hasta ahora. Todo conocimiento, toda sabiduría, toda comprensión, es una forma de luz, porque revela el mundo de significados que está detrás de la forma externa, y permitir darse cuenta de las causas que producen las formas externas, incluida la propia, que condicionan el mundo de significados del cual son expresión. Cuando se fusionan las apariencias con la cualidad que está detrás de la escena, ya no se oculta la realidad, y el alma pasa a ser el factor dominante y la conciencia se identifica consigo misma y no con su apariencia fenoménica.

El cerebro es una gigantesca herramienta de la conciencia, un ordenador maravilloso, increíblemente sensible e intrincado, al que se le suministra toda información, y todas las reacciones del sistema nervioso, del cuerpo astral, y del cuerpo físico, que recibe también toda la experiencia procedente del alma a través del plano mental. El sistema nervioso envía señales al cerebro, que registra esta información desde todos los niveles. El cerebro es un instrumento extraordinario, pero es físico. Es parte del cuerpo físico. Tenemos un vehículo llamado mente, y otro vehículo llamado cerebro capaz de dar voz a los pensamientos. Quien usa la mente y su proyección física a través del cerebro es el pensador, que debe ser descubierto, e identificarnos con él. A medida que nos identificamos cada vez más con el pensador, nos vemos imbuidos de la conciencia del pensador. El pensador es el hombre superior o alma, el yo transpersonal, y a medida que nos identificamos con ese aspecto superior, nos vemos imbuidos de su naturaleza. Nuestra conciencia crece y se expande y descubrimos que nuestras emociones no son más reales que esas quimeras de la imaginación astral que se nos presentan durante el sueño, y que el pensamiento no es más que un determinado tipo de vibración. Dependiendo de la longitud y ampitud del pensamiento emitido, al observador se le mostrará un aspecto u otro de la realidad. A mayor conciencia, mayor captación de la realidad, mayor visibilidad de lo que hasta ahora es invisible a los ojos ordinarios, creándose un puente entre lo denso y lo sutil, entre lo material y lo espiritual. Todo esto está interconectado de modo intrincado; no hay brecha alguna entre estos aspectos de nosotros mismos, aparentemente separados. Cuando se llega a poder pensar en los acontecimientos como aspectos del tiempo, se comienza a desarrollar la necesaria continuidad de conciencia, y un adecuado sentido de proporción que estabiliza el desarrollo de la conciencia y la dota de luz y claridad de visión.

 

Plano y estado de conciencia son términos sinónimos e intercambiables. Un plano es esencialmente un estado de conciencia y no un lugar. El concepto “plano” se asocia a la idea de materia o de sustancia, lo que es básicamente correcto, pero debe acentuarse el aspecto conciencia, pues anima y da vida a la sustancia.

Ser consciente de un plano de manifestación supone percibir el estado de conciencia vinculado a dicho plano. Ser consciente en un plano y ejercer control en él, son dos cosas completamente distintas, pero captar un estado de conciencia es el comienzo de un camino que se expande continuamente. Si la conciencia es limitada en un plano, el control lo será aún más limitado

El universo es en realidad un enorme conglomerado de estados de conciencia, formando parte de la Vida Una. Tiempo y espacio no son más que estados de conciencia. El tiempo puede definirse como una sucesión de estados de conciencia. Fuera de la manifestación el tiempo no existe, y fuera de la objetividad no existen estados de conciencia. Cuando hablamos de conciencia estamos hablando únicamente de un fragmento diminuto de los posibles estados de conciencia despierta que existen en la creación, en el cosmos. La vida espiritual es un estado del ser y no un estado de realización.

La humanidad solo tiene plena conciencia en el plano físico, una conciencia imperfecta en el plano astral, y apenas un esbozo de conciencia en el plano mental. En los planos astral y mental, se es consciente, pero no autoconsciente. Se reconocen los cambios operados en su interior; pero no se distinguen todavía entre los iniciados por uno mismo y los producidos por contactos exteriores en los vehículos emocional y mental. Se parte de creer que todos son cambios interiores, considerando los fenómenos astrales y mentales como resultado de la propia “imaginación”, y no como efecto de los contactos recibidos en sus vehículos astral y mental de los mundos exteriores, más sutiles, pero tan “reales y “objetivos” como el externo mundo físico. Todavía no se está suficientemente evolucionado como para alcanzar la autoconciencia en dichos planos, donde por ahora sólo se es capaz de sentir los cambios de conciencia; siendo los mundos externos astral y mental simplemente el campo de sus deseos y pensamientos.

Todo se interpreta según el estado de conciencia. Por eso hablar de conciencia siempre será en alcance y términos relativos. Las ilusiones y espejismos de un plano no pueden superarse completamente hasta que la conciencia pueda elevarse a un plano superior y contemplar desde allí los planos inferiores, para desvelar las distorsiones de la realidad que impiden que la conciencia de dicho plano se manifieste en plenitud. El proceso de perfeccionar la conciencia comienza con su control en el plano físico, posteriormente en el plano emocional, y después en el plano mental. No se puede manifestar verdaderamente el alma hasta que el cuerpo mental está controlado. Existe una conciencia del cuerpo, tanto en su parte física como en su contraparte energética; existe un mecanismo sensorio que registra las reacciones del medio ambiente; existe una conciencia de los estados de ánimos, de la cualidad, de las reacciones mentales al mundo de las ideas; existe una conciencia más elevada, enfocada hacía el alma y hacia la vida, que se extiende más allá de lo podemos imaginar o concebir. El desarrollo del ser humano consiste en el paso de un estado de conciencia a otro. Es el progreso de la conciencia centralizada en sus primeros pasos en la personalidad, en el yo inferior y sus cuerpos de expresión objetiva, para pasar hacia a la conciencia centralizada en el yo superior, el alma y, de allí, centralizarse en el insondable mundo del espíritu. Estos conocimientos o expansiones de conciencia, suponen una serie de despertares graduales, regidos por la ley de evolución natural, y toda alma está destinada a experimentarlos a su debido tiempo.

 

El desapego es el “baño” de la mente, y una herramienta indispensable en el proceso de evolución. Facilita la expansión de la conciencia, a medida que el alma controla sus vehículos, y por la comprensión de que no somos solo ese cuerpo físico, esas reacciones emocionales, esas construcciones de nuestra mente; desvelando el verdadero ser humano que está usando esos vehículos para su expresión. El proceso consiste en desapegarse, paso a paso, de la identificación con lo irreal, de aquello que distorsiona la realidad, intentando dejar a un lado la posesión, que es lo opuesto al desapego, lo opuesto a la evolución, y lo que nos condena a no ser libres, y sin libertad se bloquea la evolución.

Cuando somos capaces de desapegarnos, momento a momento, de las emociones negativas y los pensamientos densos que las acompañan, conscientemente, todos los días, observándonos a nosotros mismos, observando nuestra experiencia, viendo que esa negatividad no somos nosotros, que es un lastre de irrealidad, y continuamos desapegándonos una y otra vez, liberamos los deseos y los impulsos subconscientes y podemos resolverlos. El desapego libera, y cualquier cosa de la que puedas desapegarte nunca te hará daño porque no la necesitas.

El desapego es el resultado del crecimiento de la conciencia, que a su vez genera más desapego. El crecimiento de la conciencia se logra perdiendo la conciencia limitada del yo separado, recorriendo el sendero del desapego y de la renuncia. El único estado verdaderamente no condicionado y libre es el de la realización del Ser, cuyo primer paso es el proceso de desapego. Eso conduce a una mayor conciencia despierta, y con el tiempo, a la realización del Ser.

 

La conciencia despierta es el “baño” del espíritu. La calidad y cualidad de la experiencia que se vive y se registra depende por completo de la conciencia despierta consciente, que a su vez depende del grado de desarrollo y percepción de los instrumentos de la conciencia despierta, de los vehículos, físico, emocional y mental.

La conciencia despierta es el resultado de la acción de la conciencia misma, que llega hasta el cerebro para manifestarse plenamente en el plano físico. La conciencia despierta es el reconocimiento de que estás experimentando algo, experimentando la vida, de forma consciente, no solo a través de la información. La conciencia es la facultad del alma que nos vuelve conscientes, que nos otorga el proceso de la conciencia despierta. Donde está enfocada la conciencia, la energía de vida reunirá allí sus fuerzas, y mientras no exista autoconciencia no habrá conocimiento, ni sentido de la responsabilidad.

Lo único que libra en profundidad de la ilusión es la conciencia despierta. Eso proviene de experimentarse como un alma, porque cuando te experimentas realmente como un alma te comportas como un alma, exhibiendo y manifestando las cualidades del alma. No construyes fantasías y fantasmagorías de ilusión. Entonces sobreviene la claridad y las dificultades se reconducen con naturalidad y sensatez.

La conciencia despierta viene del plano del alma. Es la naturaleza del alma, y cuanto más desapegado llegas a estar, tanto más te conviertes en esa conciencia despierta consciente. Cuanto más funciona tu verdadera intuición, menos información necesitas, sabes porque sabes, no hay lugar para dudas, es la certeza que proviene del alma, que impulsa hacia niveles superiores de conciencia despierta, hacia la aspiración a nuevas cotas evolutivas

La conciencia no puede expresarse más que a través de un vehículo. Es el resultado de la vida y de la energía, y necesita un vehículo mediante el cual expresarse o manifestarse. El instrumento a través del cual lo hace es nuestra personalidad, con sus tres cuerpos. La manera de producir o de incrementar la conciencia despierta es refinar la sensibilidad de estos cuerpos, purificarlos de imperfecciones, liberarlos de espejismos e ilusiones, para acceder a su control natural, lo que hace posible que la conciencia despierta se manifieste como un crecimiento natural de la conciencia.

La conciencia despierta hace crecer el grado de libertad en el que se vibra. A más conciencia despierta, más capacidad para vivir con alegría interior y ser conscientes de los efectos benéficos que ello produce en los cuerpos, con los que estamos destinados a vivir en encarnación, y que la conciencia despierta transforma en templos de vida.

 

La expansión de la conciencia tiene que ver con el proceso evolutivo, que para los seres humanos consiste en despojarnos de todo lo que encubre u oculta la luz. Evolucionamos mediante la absorción de luz, y la esencia de la conciencia es luz. La evolución es la historia de la evolución de la conciencia y no la historia de la evolución de la forma. Esta última evolución está implícita en la anterior y es de importancia secundaria desde el punto de vista de la auténtica realidad.

Cada campo de percepción constituye dentro de sus límites una prisión, y el objetivo de todo trabajo de liberación es liberar la conciencia y expandir su campo de contactos. En cuanto la conciencia cesa de identificarse con sus vehículos, con los cuerpos físico, emocional y mental, el germen de todo verdadero conocimiento y comprensión empieza a expandirse. Cuando los obstáculos a la expresión del alma que se sitúan en el campo de la personalidad se purifican a lo largo del camino evolutivo, la personalidad deja de ser una limitación y se convierte en un medio de expresión y servicio para el alma

Todo el mundo quiere sentirse cómodo, amado y aceptado, seguro, como en el hogar. Pero la vida no tiene que ver con la seguridad, tiene que ver con el movimiento, con la conciencia en transformación, con la experiencia. La conciencia se tiene que adaptar a un mundo en continuo en movimiento y expansión. La tierra gira sobre su eje a 1670 km por hora, y gira a la vez alrededor del sol a 108.000 km por hora; y el sol gira alrededor del centro de vía láctea a 880.000 km por hora. La naturaleza fluye en permanente cambio. También el movimiento es una constante en la información que recogen los sentidos corporales, en las sensaciones de las emociones y en el continuo flujo de pensamientos. Nada en la vida es estático, por eso es antinatural anclar la conciencia en lo supuestamente conocido y cerrarse a nuevas comprensiones con una programación preestablecida.

A medida que se traslada la conciencia de un objetivo a otro, se produce una transformación de sí mismo, cambiando y elevando los deseos, hasta acabar abandonando el propio principio de deseo, y extinguiendo a la vez el temor según se va acrecentando la conciencia. Uno de los medios más rápidos de crecer en conciencia es a través del servicio altruista, porque nos libera de la concentración en el pequeño yo, y además produce desapego y facilita nuevas expansiones de conciencia.

La aspiración por llegar a contactar con el alma y lograr esa conciencia superior, no se alcanza solo con la intención o con fórmulas preestablecidas dedicando un tiempo planificado cada día. Se necesita el intento continuo, hora tras hora, todos los días, de mantener la conciencia lo más cerca posible de sus aspiraciones más elevadas, considerándose a sí mismo, en todo momento, como el alma y no como la personalidad diferenciada. Se precisa una vigilancia constante para evitar descender nuevamente a la vibración inferior que nos arrastra hacia abajo, y mantener una incesante lucha hacia una vibración superior. Cuando el alma asuma mayor control, implicará la capacidad de verse uno mismo como parte del grupo, sin tener otros intereses, deseos, objetivos y anhelos, aparte del bien del grupo. El objetivo es desarrollar el hábito de vivir en la conciencia superior, hasta que se haga tan estable, que el deseo de la mente inferior y los elementales físicos se atrofien y desnutran por falta de sustento.

La conciencia crece por aspiración hacia aquello que se encuentra por encima de ella. Cada paso que se da hacia la expansión de la conciencia abre otra esfera que se ha de abarcar. La conciencia se expande empleando la verdad impartida y captada, y por medio de la apreciación inteligente de aquello con lo que se hace contacto, con la comprensión de lo que ha de conseguirse en ese proceso, que depende de la vibración recíproca entre la conciencia y el nuevo contacto.

Todo crecimiento de la conciencia se debe a un estímulo, cualquiera que sea el origen de ese estímulo. Cada expansión de conciencia es precedida por un periodo de tensión, un periodo de prueba en uno de los tres cuerpos y en cierto aspecto de la naturaleza inferior. Esa prueba y sus resultados constituyen una responsabilidad y abren oportunidades de acercamiento hacia la nueva realidad en la que pueda estar el alma con mayor presencia.

Se suele tratar al alma como centro de conciencia y a los vehículos como centros de experiencia, y se debe enfocar la aspiración a que sea el alma el centro de experiencia, concentrando todos los esfuerzos en la expansión de conciencia, la adquisición de una acrecentada sensibilidad y la percepción consciente. La meta no es obtener un mejoramiento de las condiciones materiales, las cuales seguirán automáticamente cuando se vaya desarrollando firmemente el sentido de percepción. El camino hacia la conciencia de alma es pasar de lo concreto a lo abstracto, y esa expansión de la conciencia y la expresión de su comprensión deberá plasmarse en la conciencia despierta y en el mundo objetivo del plano físico.

Cada expansión de conciencia lograda, capacita para ser Maestro de quienes no han obtenido una expansión similar. La mayor lección a impartir y aprender es asumir el permanente intento de que la conciencia no sea separatista, lo que acabará por derribar todos los obstáculos y abrir todas las puertas.

Todo en la naturaleza progresa lentamente. Lo que se comprueba como verdad en pequeña escala abre la puerta para la comprensión de lo que existe en escala más amplia. La visión está siempre ante nosotros; escapa a nuestra comprensión, pero ronda nuestros elevados momentos de aspiración. Una sola luz, por pequeña que sea, puede iluminar una vasta zona, y la conciencia, cuya esencia es luz, siempre puede aspirar a expandir su campo de percepción, de comprensión, y de influencia.